Invertir sin transformar también es una forma de fracasar

El salario docente se ha multiplicado por más de catorce veces en tres décadas, pero el aprendizaje sigue estancado. La pregunta ya no es cuánto invierte el país en educación, sino qué está logrando con esa inversión.

Por Mavelin Ramírez Matos

LA IDEA CENTRAL

Invertir más nunca será suficiente si el sistema no convierte esa inversión en capacidades para transformar vidas.

Contexto

Pensemos en un aula cualquiera del país. Cada año recibe más recursos que el anterior. Y cada año entrega, casi intactos, los mismos resultados.

La imagen no es una hipótesis. Entre 1996 y 2024, República Dominicana multiplicó por más de catorce veces el salario de sus docentes de primaria, con un crecimiento real de 83.95 % en la última década; en secundaria, el aumento real fue de 51.65 %. Son cifras que superan la inflación y expresan una voluntad política sostenida de invertir en el sistema educativo.

Sin embargo, el informe “Situación del Personal Docente en el Marco del Presupuesto 2024”, elaborado por el propio Ministerio de Educación, revela la otra cara: entre 1998 y 2024, las Pruebas Nacionales muestran un rendimiento estancado —con variaciones de -0.05 % en primaria y -0.09 % en secundaria— y promedios que no superan el 58 %. Invertimos más que nunca, pero aprendemos menos que antes. Y esa contradicción merece algo más que indignación: merece análisis.

Más allá de las cifras

Esto no es un problema técnico ni presupuestario: es una crisis estructural de gestión, visión y propósito. El país confundió invertir con transformar. El aumento salarial —justificado y merecido— no vino acompañado de una transformación profunda del modelo educativo: no se evalúa con rigor, no se premia el mérito, no se forma con enfoque de calidad y no se exigen resultados con sentido de corresponsabilidad. Se multiplicaron los sueldos, pero no se multiplicó la exigencia, el acompañamiento ni la innovación en el aula.

LA PREGUNTA DE FONDO

¿Por qué un país que invierte más que nunca en su educación aprende menos que antes?

Perspectivas

Perspectiva institucional ▍

Una parte de los recursos se disipa en estructuras administrativas que no impactan el aprendizaje, en jornadas extendidas sin contenido significativo y en una burocracia que perdió conexión con el aula. El Estado gasta, pero el sistema no gestiona: falta la estrategia que transforme cada peso en aprendizaje verificable.

Perspectiva económica ▍

Toda inversión sin retorno se convierte en costo. El país sostiene el presupuesto educativo más alto de su historia con rendimientos decrecientes, y el costo de oportunidad es enorme: cada recurso que no se transforma en aprendizaje es competitividad y desarrollo que la nación deja de producir.

Perspectiva social ▍

Detrás de ese 58 % hay generaciones completas de estudiantes. Quien puede, migra a la educación privada; quien no, permanece en un sistema que gasta mucho y enseña poco. La brecha social se profundiza, paradójicamente, con fondos públicos.

Perspectiva humana ▍

Conviene decirlo con claridad: no se trata de culpar al maestro. La verdadera dignificación docente no está solo en el monto del salario, sino en el valor que la sociedad le atribuye como agente transformador, en las herramientas que se le entregan para ser mejor y en los resultados que juntos se logran con cada estudiante que avanza, piensa y aprende. Pagar mejor sin formar mejor, sin supervisar mejor y sin motivar mejor es condenar el esfuerzo a un ciclo estéril.

Dos caminos posibles

Si no actuamos, el escenario es previsible: otra década de gasto sin cambio, una competitividad nacional comprometida y una confianza ciudadana cada vez más erosionada en la capacidad del Estado para transformar recursos en resultados.

Si corregimos —con evaluación rigurosa, reconocimiento del mérito, acompañamiento a quien necesita mejorar y formación de calidad—, la misma inversión puede producir resultados radicalmente distintos. No es futurología; es la diferencia entre administrar un presupuesto y dirigir una transformación.

Reflexión

Quizá la respuesta esté en un lugar que preferimos no mirar.

Lo que este estancamiento nos revela: hemos aprendido a medir el esfuerzo en pesos y no en aprendizajes. Una sociedad que celebra cuánto invierte, pero no audita cuánto transforma, termina confundiendo los medios con los fines. El presupuesto es el instrumento; el propósito es el estudiante que piensa, decide y construye país.

Lo que corresponde ahora

¿Quién debe dar el primer paso? La respuesta honesta: todos a la vez. Al Estado le corresponde evaluar con rigor, premiar el mérito y acompañar a quien necesita mejorar. A la academia, formar docentes para el aula real y no para el papel. A las empresas, vincular sus capacidades y su demanda de talento con la escuela. A las familias, exigir y acompañar en la misma medida. Y a la ciudadanía, auditar los resultados con la misma pasión con que celebra los presupuestos.

Es momento de salir del letargo institucional y encender una verdadera revolución educativa: una que ponga al estudiante en el centro, al docente en movimiento y a la sociedad entera en marcha. El dinero que se invierte en educación debe dolernos cuando no rinde fruto. Porque un país no se transforma por lo que gasta en sus aulas, sino por lo que logra dentro de ellas.

EN PERSPECTIVA

Las sociedades no fracasan cuando invierten poco; fracasan cuando dejan de preguntarse qué están logrando con lo que invierten.

PARA PENSAR

¿Estamos financiando un sistema educativo o formando una generación capaz de transformar el país?

ANÁLISIS EN PERSPECTIVA

Comprender es el primer paso para transformar.

La autora es productora y conductora de Análisis en Perspectiva (sábados, 8:00 p.m., TV Canal Sur, canal 64). Ejecutiva en gestión humana y desarrollo organizacional, docente universitaria y consultora en estrategia organizacional y dirección de proyectos.

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